domingo, 13 de agosto de 2017

La viajera



         Dicen que camina silenciosa por senderos de tierra, que sube calles empedradas y baja avenidas de asfalto, y que sobre la piel lleva tatuados los mapas de mil paisajes recorridos. Nadie sabe de dónde partió ni hacia qué lugar se dirige, pero jamás se detiene.
Los niños juegan al borde de un camino que ella dibuja con sus pies y se aventuran tras su rastro, como ratoncillos bajo el encantamiento de una flauta. Solo las mujeres, con su instinto maternal, acuden prestas al rescate y le ruegan que marche pronto.
No conoce la soledad. Siempre encuentra algún joven temerario que decide tomar su mano en las rutas más escarpadas. Pero es ella quien escoge a quien dormirá al abrigo de su cuerpo cuando llega el ocaso.
Hoy, cuando las agujas del reloj marcaban la hora más oscura, vimos su sombra cruzar la plaza del pueblo. Entonces supimos que padre nos dejaría esa noche para emprender, de su mano, un último viaje.

martes, 1 de agosto de 2017

Timidez



El verano invita a mi vecino noctámbulo a contemplar las estrellas. Cada noche abandona su buhardilla, escala por el tejado y se sienta allí como un gato callejero. Mientras yo estudio en mi dormitorio, él observa la luna. Hace unos días me descubrió y dejó de mirar el cielo para hacerme compañía en silencio. Desde entonces, acudimos puntuales a nuestra cita imaginaria. Nos sonreímos en la distancia, y una conexión invisible llena de palabras el espacio que nos separa. 
Aún bajamos la mirada cuando nos cruzamos por la calle porque, aunque la altura nos da alas, ninguno se atreve a saltar.


Æterna fidelitas



Segundo premio del IX Certamen de Relatos de Aldea del Obispo


La reina envolvió el cáliz de ónice con un paño de lino, lo escondió en su regazo y salió del monasterio de La Caridad acompañada del abad. El gran número de peregrinos que se había congregado para salir desde Ciudad Rodrigo en dirección a Gallegos de Argañán les permitió pasar desapercibidos. La Corona había llevado a cabo la construcción de nuevos puentes que facilitaban el camino por Portugal a los cada vez más numerosos devotos de la comarca. Cuando se hubieron alejado lo suficiente, se detuvieron para recuperar el aliento y comprobar que nadie les seguía. Ella sabía que el silencio del obispo, que conocía su presencia de incógnito en aquella ciudad tan alejada de León, habría de costarle el señorío de alguna aldea. Pero era un precio que estaba dispuesta a pagar.
Había dado instrucciones precisas al mensajero sobre el punto de encuentro y comprobó que todo iba según lo previsto, cuando el sonido de unos cascos anunció la llegada del jinete. El caballero que esperaban descendió de su montura y clavó la rodilla en tierra, postrándose ante ella.
―Majestad ―saludó, inclinando la cabeza―, sabed que acudo con presteza a vuestra llamada, como fiel vasallo. Podéis disponer de mi espada y de mi escudo para cumplir la misión que tengáis a bien encomendarme.
La monarca le hizo un gesto con la mano para que se pusiera en pie y miró de soslayo el blasón que portaba en el pecho: un dragón bicéfalo con los ojos definidos por cuatro rubíes, con enormes alas extendidas. Aquel símbolo era el fiel reflejo de la naturaleza valerosa y decidida del hombre que tenía frente a sí. No había sido ella quien lo había elegido para aquella secreta tarea, sino el viejo fraile que la acompañaba. El religioso había insistido en que la custodia de la sagrada reliquia debía estar en manos de aquel hombre. Había razones para ello que le habían sido reveladas en los viejos pergaminos del monasterio mostratense, y en aquel momento era de vital importancia respetar las advertencias contenidas en las ancestrales escrituras por el bien del reino. El anciano percibió el intercambio de miradas que la reina y el caballero cruzaron durante un breve instante, y constató que la complicidad entre ambos se había forjado mucho antes de aquel encuentro.
Ella dejó a la vista el cáliz, y advirtió al caballero del grave peligro que suponía la presencia en la ciudad de aquel regalo llegado de Egipto. Si alguien descubría que el Santo Grial estaba bajo su custodia, su posesión se convertiría en objeto de deseo de cuantos ansiaban conquistar el mundo. Era un arma demasiado poderosa y debía hallarse fuera del territorio cuanto antes.
―Pelayo, debéis salir con prontitud portando este tesoro ―pidió la reina―. La estabilidad de mi gobierno depende de que vuestra misión llegue a término y consigáis poner a buen recaudo esta valiosa pieza. Confío en vos para que logréis este cometido. Nunca hasta ahora la integridad de nuestra patria recayó en las manos de un soldado―. Guardó silencio durante un instante. ―El abad se ha reservado, muy a mi pesar, participarme de los riesgos que este viaje os supondrá, mas estoy segura de que regresaréis sano y salvo―. Lo miró con preocupación. ―Ahora debéis partir sin demora.
Pelayo asintió con una leve inclinación de cabeza, y recibió los detalles de su destino por boca del adusto monje.
Antes de que el primer rayo de sol asomara tras el horizonte, el caballero montó sobre su cabalgadura, y salió al galope dejando atrás aquellas tierras. Debía alejarse de allí y alcanzar el punto señalado en el camino hacia Campo de Argañán antes del anochecer. La reina observó la figura del joven mientras se alejaba, y no hizo ademán de regresar hasta que hubo desaparecido de su vista.
—¿Estáis convencido de que hemos procedido con acierto? ―preguntó ella.
—Mi señora —respondió el monje con firmeza—, vos sabéis, igual que yo, que no podemos permitir que ese tesoro continúe aquí. Las consecuencias pueden ser terribles; por eso es necesario que permanezca escondido hasta que llegue el momento de traerlo de vuelta en condiciones seguras. Y sin duda ―continuó―, hemos atinado en la elección del caballero. Solo alguien con el corazón puro podrá vencer cualquier tentación.
—¿A qué os referís? —preguntó la reina, con curiosidad.
―La vida y la muerte están demasiado cerca la una de la otra cuando se trata de desafiar a la inmortalidad, Majestad.
El jinete galopó a través de la llanura, entre suaves colinas aisladas, antes de adentrarse en un bosque en la ribera de Azaba. Lejos de sentirse arropado por el verde follaje, una espesa niebla hizo que se le erizase la piel. Una atmósfera densa y antinatural puso en alerta todos sus sentidos. Echó mano instintivamente a la empuñadura de su espada. Algo estaba al acecho, podía percibirlo. A medida que sus ojos se iban adaptando a la oscuridad que cubría la arboleda, empezó a visualizar la silueta que se acercaba de frente. La forma de una mujer que se deslizaba sobre el suelo hizo que intuyera de quién se trataba; conocía a la joven hechicera. No era la primera vez que se cruzaban en el camino, pero anteriormente ninguno de los dos había tenido intereses comunes, y se habían respetado.