domingo, 18 de junio de 2017

De embrujos y debilidades



Finalista en el V Concurso de Microrrelatos Manuel J. Peláez 

Yo, Ernesto Valenzuela, hombre serio y cabal por parte de padre, me dejé embaucar como un niño por una chiquilla de pueblo. Enamorado de los usos y costumbres de ciertos lugares con encanto, me aventuré a indagar en las leyendas que acontecían en los frondosos parajes de Villaperdida del Campo.
Encandilado con el peculiar entorno, me fui a topar, en medio de una vereda, con la más aburrida de las nietas de la aldea. Una jovencita de pelo bravío y torneadas curvas, sometida al castigo de un impuesto veraneo rural. Sin más entretenimiento que mi persona, andaba zascandileando todas las mañanas, observando mis movimientos, hasta que, finalmente, enterada por otros de mis intereses de cuajado erudito, me salió al paso con una historia del todo inusual.
Por boca de su abuela y lengua del diablo, me vino a relatar la extraña costumbre de las mujeres del lugar de reunirse en aquelarre las noches de luna llena junto al estanque de los juncos. Sin nada que perder, y movido por la curiosidad, me dispuse a asistir, sin invitación previa, a tal acontecimiento. Mas, después de un buen rato de espera, no vi trajín alguno por la zona indicada; tan solo un chapoteo en el agua me descubrió, bajo la claridad más indecente, el cuerpo desnudo de la muchacha, que me sonreía con absoluto descaro.
No me pregunten si fue el influjo de la luna o los calores de la noche, pero, sin saber cómo, perdí la cabeza y el pudor entre los brazos de esa fiera. Allí, ni meigas, ni calderos, ni hechizos. Me había engañado. La muy bruja.


viernes, 28 de abril de 2017

El faro sin mar


En mitad del desierto, donde la arena quema los pasos y desaparecen los caminos, se alza el faro más imponente del universo. 
Los forasteros que lo encuentran en la noche se preguntan por el sentido de su luz, pues las estrellas siempre brillan con más intensidad. 
Pero los navegantes de dunas saben que el pequeño fuego encendido, allá en lo alto, permite a todo hombre llegar hasta él antes del amanecer. 
Solo entonces, la sombra que proyecta durante el día les regala un sendero seguro, protegido del sol. 

miércoles, 26 de abril de 2017

Pecado original


Cuentan que, cada tarde, el ángel guardián la observaba tomar el sol vestida de inocencia y desnuda de tentaciones. Su piel iba tostándose al calor de un astro recién estrenado, mientras su único compañero exploraba su cuerpo para apagar en ella una sed que ningún otro fruto del paraíso podía saciar.
Mas narran las lenguas bífidas que, el día que la mujer se sumergió en el éxtasis, cruzó la mirada con el arcángel.
No supo Uriel del peso de sus alas hasta que Eva le sonrió.
Y deseó que fuese suya.
Parece ser que aquel verano las manzanas maduraron pronto.

sábado, 22 de abril de 2017

Infierno musical




El primer violín de la Sinfónica no es el mismo desde que tensó su arco sobre una diosa de viento. Ahora, los acordes se tambalean por el alma de su instrumento para detenerse, como temblorosas pompas de jabón, sobre la piel de la flauta travesera. Su espíritu vibra en una fuga justo cuando ella, descarada criatura, le sonríe maliciosa. Pero es ese condenado tatuaje descendiendo por su hombro desnudo el que provoca el crescendo de sus notas y hace saltar chispas sobre las cuerdas. 
Ya es la quinta partitura medio quemada de esta semana. 
La próxima vez, prenderá en llamas.

jueves, 5 de enero de 2017

Inocencia

La chiquillería de la casa espera impaciente la visita de los Magos de Oriente, aunque este año el pequeño Miguel aguarda lleno de incertidumbre.
Todo es revuelo y risas al llegar sus Majestades. Cuando el niño se sienta sobre las piernas de Melchor, se acurruca en su regazo y mete la nariz bajo la barba para aspirar su olor. El corazón le palpita a gran velocidad porque su duda se ha disipado. Lleno de emoción, sabe que tendrá que guardar el secreto frente a sus hermanos menores.
No puede contarles, aún, que papá es un Rey Mago.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Salto mortal

          


     A veces la llaman ausencia cuando quieren decir muerte. Muerte de mí, en ratos pequeños, de palabras desgastadas en el libro más sabio y más profundo de mi memoria. Y muerte de ti, en la inmensidad de esta vida, de las horas que se caen a pedazos esperando tu regreso.
La llaman ausencia, y en verdad es silencio. Besos enmudecidos porque no hay labios tibios que estallen, ni lenguas que chasqueen en medio del deseo. Recuerdo nuestras bocas, y tu aliento, y las mariposas en el estómago; ese lugar donde ahora solo anidan crisálidas de seres inertes, en el que ya no vive nadie.
Volvemos vencidos a un mundo tejido en sedas suaves, intactas, tan distintas de las telas rasgadas de nuestra piel. Tan piel. Tan nuestra.
Y más heridas, y más hondo el miedo a perderte, y más certeza cuando ya es un hecho consumado.
La llaman ausencia, y solo es renuncia a las tardes de sofá y manta inventados, a las noches de sábanas y sexo, a tu cuerpo, a tu alma, a todo tú y a toda yo.
Bajamos la mirada para no ver los sueños encadenados al aire, en eslabones sin promesas. Y cerramos los ojos, y escogemos la ceguera, y nos dejamos caer. Una y otra vez. Me sujetas por la blusa, y me agarras de las manos que tan bien conoces. Yo me aferro a tu abrazo invisible, y lloramos, y nos rebelamos. Y de nuevo el precipicio; ese lugar oscuro donde no llega tu voz.
La llaman ausencia, cuando su nombre es desamor. La mortífera sombra que nos envenena el futuro mientras nos encogemos de hombros. Y nos dejamos ir, poco a poco, en bruscos golpes de viento. Y cedemos al destino, y permitimos que la soledad nos lacere el corazón, y estamos sin estar, y amamos sin amar.
A veces la llaman ausencia cuando quieren decir muerte. La tuya. La mía.

viernes, 25 de noviembre de 2016

Un cuento para Elvira



La pequeña Elvira tiembla débilmente, sentada en un sofá azul. Su cuerpo se estremece de manera tan imperceptible que nadie a su alrededor se ha percatado de ello. Sin embargo, los miedos que la agitan por dentro podrían hacer caer un rascacielos. Respira hondo, busca el regazo de su madre y cierra los ojos. La mujer la aprieta contra sí y, durante un instante, le devuelve una paz casi olvidada.
La niña se pregunta a dónde irán con aquella maleta. Sabe que, aunque en ella solo cabe una muda, lleva dentro todo el peso de la incertidumbre. Puede verlo en los ojos de su progenitora.
Nunca han viajado tan ligeras de equipaje. En realidad jamás han ido a ninguna parte, al menos no en el mundo real. Sin embargo, ya habían surcado juntas el mar en medio de la tormenta cuando, sumergidas en un baño de espuma, esquivaron los truenos en forma de puños que aporreaban la puerta.
―La tempestad pasará pronto, grumete ―le decía ella para tranquilizarla. Y era verdad. La calma llegaba poco después y, aún con los cabellos mojados, caminaban de puntillas atravesando la estancia donde un dragón dormitaba sobre un enorme diván. A veces, la bestia daba un miedo atroz, sobre todo cuando parecía abrir sus rasgados ojos inyectados en fuego. Entonces, Elvira se aferraba a la mano de su madre y corrían hasta puerto seguro, bajo el abrigo de las sábanas, en su dormitorio con cerrojo.
En ocasiones, por efecto de algún hechizo, la feroz criatura se convertía en un caballero que les regalaba palabras de afecto y las llevaba de paseo. La niña se dejaba acariciar con desconfianza, esperando que, de un momento a otro, los dedos de aquella mano amable se convirtieran en unas familiares zarpas. Y es que, en el universo de la diminuta Elvira, las historias bonitas eran solo cuentos breves e inacabados.
 Alguna noche, un nuevo desafío las sorprendía sin previo aviso. Como una verdadera heroína, su madre  se daba prisa para ponerla a salvo en la gruta que habían inventado debajo de su cama, al tiempo que desviaba la atención del enemigo. Cuando el silencio la avisaba de que el temible ataque había terminado, iba en busca de su protectora, siempre vencida, para llenarla de besos y rogarle, entre lágrimas, que la alejara de allí.
―Este es nuestro castillo, no tenemos otro lugar donde ir ―respondía ella, compungida.
Pero Elvira ya no quería jugar más. A sus siete años, creía que la auténtica fortaleza estaba entre los muros de su colegio. Soñaba con que su maestra pudiera leerle la mente, como hacía su madre al cruzar la mirada porque, temiendo por ella, ni siquiera se sentía capaz de despegar los labios y escupir sus temores.
La última vez, el cansancio frente a la rabia ajena zarandeó sus sueños infantiles; ya ni siquiera los libros de aventuras que leía en voz alta pudieron amortiguar los gritos. Era incapaz de hacer volar su imaginación; no conseguía percibir el aroma de los bosques encantados, ni notaba su piel empapada de sal tras un abordaje pirata. Simplemente, salió de su cuarto en busca de una verdad tan grande como el alma turbia que habitaba en el corazón de su padre. El puño salvaje que cruzó el aire hacia el rostro de su madre la encontró a ella en mitad del camino.
Cuentan que no hay dolor más genuino que el que se siente en carne viva cuando hieren a un hijo, y el resorte que se disparó en la mente de la mujer abrió de golpe una puerta al final del túnel.
Tras ese instante, no hubo un antes y un después en la vida de Elvira, solo un resquicio que le devolvió la magia cuando escuchó a su madre pedir ayuda a su Ángel de la Guarda. Tuvo la certeza de que hablaba con él porque, unos días más tarde, las esperaba en un parque, tras marchar de casa a hurtadillas.
―Mamá, ¿este es nuestro ángel? ―preguntaba al tiempo que le tiraba del vestido, reclamando su atención.
Ella se limitaba a asentir con la cabeza, con gesto preocupado, mientras la niña se afanaba buscando unas alas, que se le antojaban invisibles, en el cuerpo de la desconocida que las conducía a un nuevo hogar.
Acurrucada en un abrazo maternal, sobre el cálido sofá azul, Elvira aún no logra entender el mundo que la rodea; pero ya no es tan importante. Ella siempre fue capaz de percibir la fragilidad del corazón de su madre. El mismo latido que había sentido transformarse a medida que se apartaban de aquella casa de recuerdos grises.
―Ahora debéis ser valientes ―les anima el ángel.
A pesar de su corta edad, la niña comprende por qué no había conseguido ver sus alas: se las ha prestado a su madre para que esta, al fin, pueda volar.

lunes, 21 de noviembre de 2016

Desconexión




      El sexo estimula cada rincón de su cerebro. Un placer sensorial solo superado por las pequeñas descargas eléctricas que el tacto de la piel fría produce en las yemas de sus dedos. Las miradas perdidas y un silencio mortal alimentan el verdadero orgasmo. Gime excitado tras la oscura sinapsis.