viernes, 20 de abril de 2018

Medidas desesperadas



Metió la dinamita en un libro, y encendió la mecha. Al explotar, las letras cayeron formando más palabras. La inspiración llegaría.
Por las buenas o por las malas, sería escritora.


Ganador del I Certamen de Microrrelatos «Villacañas 3 minutos», del Ayuntamiento de Villacañas (Toledo), en la categoría Sueños. 

domingo, 11 de marzo de 2018

Nostalgia acústica



En el actual edificio del Rectorado los ecos de ultratumba rebotan por las paredes de mosaico, sea de día o de noche. Los que pasean por la imponente construcción mudéjar no atinan a descifrar las extrañas cacofonías que se escuchan intramuros. Pero ya nadie se inquieta por tan singular fenómeno, pues es sabido que el ruido de los vivos siempre termina ahogando cualquier vestigio del pasado en medio de la frenética actividad. 
Hoy, con la curiosidad y la nostalgia llenando mis bolsillos, observo en silencio el reloj de la fachada y, como si una mano invisible hiciera girar sus agujas, regreso veinte años atrás, hasta el último curso que cerró la historia de este lugar como la Facultad de Veterinaria con más solera del mundo.
Aunque los naranjos de la entrada siguen impertérritos al paso del tiempo, todo parece haber cambiado en el interior, como si la pátina que cubre todo lo antiguo hubiera desaparecido con la pulcra capa de la modernidad. Se ha disipado el olor a formol y desinfectante que impregnaba las batas blancas en el bullicioso ir y venir de los estudiantes, aunque, al cerrar los ojos, aún se escuchan chirriar las viejas puertas de madera de las aulas.
En el patio trasero un par de vacas, tan viejas como el establo, mugen resignadas al trasiego de alumnos inexpertos. O lo hacían, pues, con las emociones a flor de piel, los sonidos parecen retornar al espacio que una vez ocuparon. Al abrir los ojos el aire se percibe más espeso, y a la densa atmósfera se unen los golpes de unos cascos al trote sobre el mármol blanco. Como si uno de los jinetes del Apocalipsis hubiera perdido su montura, un caballo de sospechosa tonalidad deja ver su recio esqueleto bajo capas de lacerada musculatura. Tras él otro jamelgo, tan hinchado y verde como un gigantesco globo infantil, se lanza al galope desde el viejo Departamento de Anatomía. Aún recuerdo el día en que decidió explotar en la sala de autopsias bajo el bisturí de aquel aprendiz temerario. Nadie más parece verlos campar a sus anchas, aunque sus relinchos hacen menear la cabeza del bedel, que se sacude la extraña contaminación acústica abriendo los ventanales.
Un grupo de ranas, algo chamuscadas, huye del que fue el antiguo laboratorio de Fisiología. Las descabezadas saltan de lado a lado frente a la puerta del Rector, bastante desorientadas y, en su croar, acompañan a las que quedaron indultadas en aquel barreño y terminaron muertas de aburrimiento como ya anunciaba algún alumno con ganas de enchufarles la corriente.
Las ovejas, que tenían su aprisco en uno de los descampados del exterior, pastorean en los jardines del nuevo parque infantil. Desde la ventana del primer piso puedo verlas en su ingravidez; igual que las descubren un puñado de chiquillos que corren tras ellas imitando sus balidos. Las madres se miran desconcertadas intentando entender el extraño juego de sus criaturas, que ríen y saltan tras figuras invisibles.
Con los sentidos de nuevo atentos al encuentro con otra época, camino intrigada por el corredor principal de la primera planta, donde un grupo de asistentes a la Universidad de Mayores conversa animadamente. Su manoteo al aire me resulta extraño hasta que, al aproximarme, descubro el zumbido persistente de un ejército de moscas espectrales. Sonrío al comprobar que los minúsculos insectos alados, que consiguieron aparearse hasta el infinito en entregados experimentos genéticos, lograron salir de sus tarros y volar hacia la luz, aunque esta provenga del tímido haz que se filtra por los cristales.
Siguen aquí. Todos ellos. Los espíritus olvidados de los seres que habitaron este lugar e ilustraron mi aprendizaje. Se resisten a marchar, igual que mis recuerdos. Y como esa alma en pena del eterno estudiante que envejeció en la Facultad más sabio que el Decano, y rondaba a las niñas como el tuno más veterano de todos los tiempos. Los cambios de la Historia lo dejaron atrapado en este lugar, no mucho más fantasma de lo que ya lo fue en vida.

miércoles, 31 de enero de 2018

La tela de araña




La letra de una canción se hilvana como una telaraña invisible bajo los dedos de la compositora. Así es como ella suele crear: teje palabras que vibran al tocar el aire e imprime en ellas un mensaje inolvidable. Su obra tiene la resistencia suficiente para soportar la fuerza de una tormenta eléctrica. 
Sabe que, cuando él coja la guitarra y lance su voz al vacío, se convertirá en un pararrayos humano. Recibirá la corriente de mil voces coreando sus temas en mitad de un concierto, y la batería arrancará truenos que harán saltar chispas en el auditorio. Antes de que cese la música, los insistentes acordes habrán empapado los sentidos como un mantra, y todos habrán caído en su tela. 
En este mundo, las arañas saben encender tormentas en las masas. No importa el paso del tiempo ni el lugar donde se genere el primer relámpago. Hoy no hay veneno más adictivo que los ritmos que encienden la red.


viernes, 19 de enero de 2018

El regreso de las palabras




Desde el portal, Manuela observa la fachada de la nueva biblioteca. El noble edificio, ahora restaurado, parece dispuesto a recuperar ese aire señorial que había quedado impreso en sus recuerdos infantiles. Aquel espacio lleno de libros prestados acompañó su vida hasta su cierre definitivo. La tristeza que le ocasionó tal despropósito fue compensada con las inquietudes de un profesor de literatura que se cruzó en su camino, y al que amó hasta el final. Miguel inundó el hogar de maravillosos ejemplares; unos heredados y otros adquiridos en antiguas librerías durante los viajes que hicieron.
Manuela mira la tarjeta. Aunque le ilusiona acudir a la reinauguración, siente un hondo pesar. Cualquier libro le recordará a esos otros que empeñó para poder sostener sus rutinas más sencillas. Especialmente, el manuscrito de pergamino encuadernado en piel que tanto apreciaba su esposo. No necesitaba el importe que le habían dado por el valioso tomo, pero hubiera sido imposible entregarlo a pedazos. Esperaba que él ya la hubiese perdonado. Ahora, buscaba reconciliarse consigo misma.
El corazón se le encoge, una vez más, convencida de que jamás volverá a tenerlo en sus manos. De nuevo lee las escuetas líneas de la nota, y le agrada comprobar que se han tomado la molestia de poner su nombre en ella. Le sorprende el titánico esfuerzo que ha debido hacer la fundación para incluir en la invitación a cada vecino. Ignora que aquella misiva solo es para ella.
Lo descubre cuando consigue que la curiosidad supere a sus sombras y entra en el edificio.
―Bienvenida, señora ―saluda un miembro del comité de bienvenida entre el bullicio―. Gracias por haber venido. Pensamos que a la anterior propietaria de este tesoro le gustaría saber que hemos querido darle el mejor destino.
En el vestíbulo principal, en una vitrina dispuesta sobre un pie de mármol, duermen las páginas de un manuscrito muy especial.
Manuela no puede dejar de temblar de emoción.



martes, 9 de enero de 2018

Cazadores de libros


Cuando el vagón se cerró, descubrí aquel ejemplar abandonado sobre el asiento. Tenía las cicatrices de los libros audaces que anhelan ser cazados y en su interior, como el preámbulo de una aventura, se leían los nombres de quienes habían hecho suya aquella historia de corsarios y galeones. Esas firmas cambiaron su naturaleza muerta, pues, sumergido en el primer capítulo, una enorme ola me arrastró hasta mi parada, a cuatro mareas de distancia. Cada día, al traspasar el umbral de la estación, el tiempo se detenía en mis manos, cómplice de infinitas travesías marítimas.
Cuando la última página me devolvió a la realidad, de mis bolsillos aún salía arena, que hizo difícil la búsqueda de un lápiz con el que dejar mi huella sobre el papel. Y, como quien se desprende de un tesoro, volví a darle alas en el mismo lugar donde lo encontré.
No tardé en comprobar que el libro había sido presa fácil para una cazadora avispada. Lo supe al cruzarme con aquella chica que, desorientada, caminaba por el andén empapada de mar.

lunes, 8 de enero de 2018

Si me buscas




Recoges las frases desprendidas de mis dedos, cuando el suspiro que las dejó caer se desvanece.
No sabes que antes de ser hojas de este jardín fueron versos, y besos, y el misterio de quien soy.
Me intuyes en las letras enredadas del silencio, antes de que griten mi secreto, el que sueñas deshacer en mi boca y en mis manos.
Invisible me sujetas en el aire, a destiempo de lugares y relojes, de candados y de llaves despojada.
Te anhelo así, hambriento de mi ser infinito, en la sombra que proyectas al leerme, en la repentina luz de tu sonrisa, que sin ver mis ojos ya sabe desnudarme el alma. 
Huye, pues hoy siembro para ti palabras. Cierra la verja al salir, que intangible es la tentación, y siempre es más lo que murmura tu deseo. Y la explosión incesante de mis pensamientos, esa, nunca es menos. 



viernes, 5 de enero de 2018

«TEAmo»


Hoy tampoco le acompaño hasta el andén. Aunque está nervioso, no parece asustado con el parpadeo de las luces, ni con las conversaciones a su alrededor; hemos practicado mucho. No quiere volver a pedirme que le lleve al instituto en coche.
La llegada del metro le produce vértigo y se tapa los oídos. Ahora es cuando deja de ser invisible. La gente le observa extrañada. Él retrocede.
―¡Hola, Nacho!
Es Ana, la compañera de la que siempre habla. Le tiende la mano y le mira a los ojos. 
―Ven conmigo ―le anima.
Solo necesitaba que alguien pudiera verle. 
Reto conseguido. 

jueves, 4 de enero de 2018